No estamos hechos de azúcar – La primera vez que dormí en la calle


CUENTO: La primera vez que dormí en la calle


A veces lo que uno más necesita es que nadie le ayude para que uno se dé cuenta que es capaz solo.

Cuando tenía 21 años, dos amigas y yo nos quedamos sin dinero lejos de casa. Pero entre más buscábamos un lugar para pasar la noche, más resultábamos en el lugar equivocado…

Las cosas más valiosas suelen encontrarse al otro lado del miedo.


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


¿Alguna vez has visto algo admirable que alguien ha hecho y has pensado: “Uy, no, yo no sería capaz”? Quizá tengas razón, quizá no lo serías… pero quizá sí.

Yo nunca me imaginé lo resiliente que podía ser hasta que me tocó serlo. Por ejemplo, la primera vez que dormí en la calle.

Cuando tenía 21 años, hice un año de intercambio en Nazaret, Israel. Renté un apartamento con otras dos chicas de mi edad que eran de Estados Unidos. Inocentes ellas, gringuitas y bastante ingenuas, que nunca antes habían salido realmente del país ni conocían otras culturas, ni cómo podía ser el mundo fuera de su realidad tan protegida.

Nos hicimos bastante amigas y, cuando tuvimos un poco de tiempo libre, nos fuimos juntas a Jerusalén, que quedaba a unas horas en bus. Yo tenía más tiempo, así que me iba a quedar más días. Tenía una amiga israelí que vivía en Jerusalén y que podía hospedarme, y también había conocido a un chico alemán que estaba viajando.

Pero ellas dos solo tenían disponible un día, así que planeaban devolverse en el último bus de la noche a Nazaret, donde teníamos el apartamento compartido con todas nuestras cosas.

La pasamos muy bien en Jerusalén, y ellas compraron tantos recuerditos para llevar a casa que decidieron hacer algo bastante arriesgado: gastarse el último centavo y quedarse únicamente con el dinero del bus.

Pero se nos hizo tarde. Hubo algún problema en el transporte público —no recuerdo exactamente qué pasó— y cuando llegamos a la terminal, el último autobús para Nazaret ya había partido. El siguiente salía a las 6 de la mañana.

Ellas, un poco molestas, dijeron: “Bueno, ¿qué vamos a hacer? Nos quedamos aquí en la terminal y dormimos en un banquito hasta que sean las 6 y podamos tomar el siguiente bus”. Pero resulta que la terminal cerraba a la medianoche y no había forma de que se quedaran allí.

Israel es un país bastante costoso. Aunque yo tenía un poco más de dinero, porque pensaba quedarme más días, no era suficiente como para prestarles y que buscaran un hotel. Le pregunté a mi amiga israelí si podía hospedarlas a ellas también por esa noche. Ella realmente quería ayudar, pero vivía en un apartamento compartido y, de por sí, hospedarme a mí y al chico alemán ya iba en contra de las normas. Si la veían entrando con cuatro personas, primero, no había espacio; y segundo, podía meterse en muchísimos problemas.

Así que yo dije: “Bueno, no pasa nada. ¿Por qué no hospedas a ellas dos y el chico alemán y yo miramos cómo nos arreglamos por esta noche?”

No sabía bien qué haríamos, pero ya habíamos acampado juntos en el desierto antes. Además, yo, siendo de Latinoamérica, sentía que sabía cuidarme un poco mejor, y él, siendo hombre, corría menos riesgo si nos quedábamos los dos buscando qué hacer, en lugar de que fueran estas dos niñas de Estados Unidos.

Mi amiga israelí dijo: “Ah, sí, claro, no hay problema”. Pero el alemán lanzó un gran suspiro: “Yo esta noche quiero dormir en una cama”.

“Pues muy bien —dije yo—, ve tú a dormir en tu cama. Yo me quedo con mis amigas”.

Nos despedimos. Ellos dos se fueron a la casa de la israelí y mis dos amigas y yo empezamos a caminar sin rumbo fijo, porque realmente no teníamos ni idea de a dónde ir.

Ellas estaban furiosas. Pero furiosas de verdad.

Y justo en ese momento llegó el bus que él estaba esperando. Entonces se disculpó muchísimo; se le veía la bonita intención, y se subió al bus. Y bueno, eso calmó un poquito a las chicas, y mis amigas empezaron a decir: bueno, por lo menos la caballerosidad no se ha muerto, no todos los hombres son malos. Y seguimos caminando.

A las tres cuadras nos encontramos otra vez al mismo estudiante de yeshivá, el mismo joven israelí que se había bajado del bus porque tanto le pesaba la conciencia. Él no era de los que dejaban abandonadas a unas damiselas en apuros. Se había bajado del bus para volverse a encontrar con nosotras y dijo: miren, yo no les puedo ayudar, pero por lo menos las puedo llevar a un refugio. Sé que hay un lugar donde reciben gente, las dejan quedarse la noche sin tener que pagar nada. Vengan, yo las acompaño, las llevo hasta allá.

Hermoso el muchacho, muy, muy formal. Nos acompañó hasta un lugar que él conocía, que era como una especie de albergue para refugiados. Cuando llegamos, el director no estaba y, como ya era tan tarde, todo el mundo se había ido a acostar.

Solo había dos chicos adolescentes rusos, que casi no hablaban hebreo, muchísimo menos inglés. El joven israelí les explicó la situación y dijo: bueno, el director no está, pero dicen que ya vuelve. Yo ahora sí me tengo que ir porque, si no, se me va el último bus, pero aquí van a estar bien.

Le agradecimos mucho, el chico se fue y nos quedamos ahí con los dos muchachitos rusos, que no tenían ni idea qué hacer con nosotras.

Me da tanta ternura recordar esta historia, porque había tantas personas que realmente nos querían ayudar desde lo más profundo de su corazón, que estaban buscando la manera de ser hospitalarios.

Estos dos chicos rusos eran casi niños, tendrían 15 o 16 años. Nos veían a nosotras tres como si se hubieran encontrado unos gatitos en una tormenta, todos mojados, todos temblando de frío; como si hubieran rescatado a esos gatitos y ahora no supieran qué hacer con ellos. No podíamos comunicarnos bien por el idioma, pero entendían el lenguaje de la comida. A uno se le iluminó el rostro, salió corriendo a su habitación y volvió con un frasco de aceitunas y otro de mayonesa.

Era la única comida que tenían, y la estaban ofreciendo porque no sabían qué más hacer, pero querían ofrecernos algo. Hambre no teníamos, estábamos bien, pero el gesto fue muy bonito y nos reímos mucho.

Finalmente llegó el director, que sí hablaba inglés. Le explicamos la situación; los chicos rusos también le explicaron lo que pasaba. El director estaba bastante molesto, porque resulta que ese albergue era solo para hombres, así que no nos podíamos quedar.

Pero los chicos rusos tampoco querían abandonar a estas damiselas en apuros. Al principio estaban muy tristes, muy acongojados por no saber qué hacer con nosotras y por no poder ayudarnos. Pero de repente a uno se le iluminó el rostro y dijo: ay, pero hay otro refugio para mujeres, ¿no? Sí, las vamos a llevar.

Y nos llevaron los dos chicos rusos. Empezamos a caminar varias cuadras por esas calles solitarias y silenciosas, en búsqueda del refugio de mujeres.

Pero por el camino yo empecé a preocuparme. Ya iba siendo como la medianoche y yo pensaba: un refugio para mujeres, ¿eso qué va a ser? El otro albergue era bastante organizado, como para huérfanos o refugiados, algo así. Pero un refugio solo para mujeres… empecé a pensar: ¿qué tipo de mujeres habrá allá? Esto me da mala espina.

Entonces, por el camino, yo les iba preguntando: ¿qué tipo de refugio es?, ¿qué tipo de mujeres van allá? Y claro, por la barrera del idioma no nos pudimos comunicar bien, pero según lo que entendí, se confirmaron mis sospechas: era un centro de rehabilitación para prostitutas drogadictas.

Yo empecé a decirles a mis amigas: chicas, no creo que sea tan buena idea, no sé si deberíamos ir allá. Y mis amigas, todas inocentes, me preguntaron: ¿por qué?, ¿crees que de pronto nos roben? Y yo: que nos roben, no. Me preocupa es que nos corten la cara con una cuchilla de afeitar.

Pues llegamos finalmente al refugio. Subimos y tocamos la puerta. Se abrió una rejilla por donde se asomó un ojo, y una voz muy, muy enojada gritó que qué estábamos haciendo ahí, que no se permitían hombres, que nada de hombres. Los chicos trataron de explicar: no, es que solo las estamos acompañando. Pero respondieron: nada de hombres, que se larguen.

Entonces los dos chicos rusos dijeron: bueno, no podemos estar, pero aquí están en buenas manos, chao. Se despidieron y se fueron.

La mujer del otro lado de la puerta siguió mirando por la rendija y gritando que nada de hombres, que más lejos. No nos abrió la puerta hasta que los chicos ya estaban lejos, cuadras más allá, aunque todavía nos alcanzaban a ver.

Quedamos las tres solas. Finalmente nos abrieron la puerta y nos encontramos con siete mujeres, todas mirándonos, mirándonos feo, con hostilidad, con agresividad, con furia. Y en medio de todas, sentada sobre una mesa, había una mujer mirándonos fijamente mientras se afeitaba en seco la pierna con una cuchilla de afeitar.

Y yo dije: chicas, yo creo que aquí no deberíamos estar.

Finalmente llamaron a la directora del centro, quien vino, nos miró y nos llevó rápidamente a una oficina. Cerró la puerta y preguntó: ustedes, ¿qué están haciendo aquí? Mis amigas empezaron a explicar rápidamente, las dos hablando una por encima de la otra.

Cuando la directora más o menos entendió la situación, dijo: chicas, lo siento mucho, pero este no es el lugar para ustedes.

Y yo dije: ajá, yo lo sabía. Tranquila, no se preocupe, ya nos vamos.

La directora nos explicó que había otro albergue en la ciudad antigua amurallada de Jerusalén y nos dio la dirección. Así que otra vez salimos a la noche, y ahora sí estaba haciendo frío. Uno se imagina Israel como un desierto, pero Jerusalén está en las montañas. En Jerusalén hace un frío impresionante por la noche.

Mis dos amiguitas ya estaban cansadas, se les notaba. Íbamos caminando, estábamos lejos de la ciudad antigua, pero finalmente llegamos. Ya se estaban cayendo del cansancio, pobrecitas.

Llegamos allá y el ambiente era hermosísimo. Había cuatro personas todavía despiertas, en medio de una discusión filosófica acalorada sobre los viajes en el tiempo, porque a los judíos les encanta argumentar y filosofar sobre todo. Era una discusión interesantísima, y yo muriéndome de ganas de meterme en la conversación también.

“¿Qué pasa con la caballerosidad? ¿Qué es eso? ¿Cómo es que nos deja tiradas, él siendo hombre? ¿Cómo se le ocurre abandonarnos? ¿Y qué clase de amigo es?”

Yo me moría de la risa, pero ellas estaban indignadísimas. Caminábamos por calles casi vacías.

Ya estaba oscuro, serían las 10 u 11 de la noche. Y ellas iban gritando, insultándolo, diciendo de todo: que cómo así que ellas habían pensado que era un buen chico, que todo lo que habíamos compartido, que habíamos viajado juntos, y ahora las dejaba así.

Hicieron tanto escándalo que un joven israelí —un poco mayor que nosotros, pero no mucho— se acercó. Era judío ortodoxo, muy religioso; se notaba que era estudiante de yeshivá, como de teología, por su forma de vestir: el gorrito y la vestimenta negra tradicional.

El joven vio que pasábamos y que estas dos chicas estaban alteradísimas, y se acercó a preguntar si todo estaba bien.

Inmediatamente, mi amiga empezó a decir: “No, no está bien. Este chico nos dejó tiradas. Creíamos que era nuestro amigo y ahora no tenemos dónde dormir, no sabemos qué vamos a hacer ni a dónde vamos a ir. Nos abandonó. ¡Descarado!”

Finalmente, el joven logró entender la situación. Se le veía que quería ayudar, pero no sabía cómo. Nos dijo: “Yo con mucho gusto las llevaría a mi casa, pero vivo en un dormitorio solo para hombres. No dejan entrar mujeres porque es la residencia de la universidad. No sé qué hacer, no sé cómo ayudarlas… lo siento mucho”.

Y salió el joven director del albergue y nos dijo: sí, claro, las podemos recibir. Lo único es, ¿son todas judías? Ay, no. Ninguna de las tres éramos judías, porque era un centro establecido con donaciones de judíos de alrededor del mundo para ayudar a otros judíos que se encontraran en alguna mala situación y necesitaran dónde quedarse temporalmente.

Y claro, era de judíos para judíos. Querían ayudarnos, pero luego se podrían meter en problemas. Honestamente, no me ofendí, no me sentí mal.

Pero ya eran como las dos o tres de la mañana. El bus salía a las seis. Ya no tenía ningún sentido seguir buscando. Era simplemente encontrar un lugar, recostarnos y tratar de dormir lo poquito que pudiéramos, porque mis amigas ya no daban más, no podían caminar más, no podían preguntar ni averiguar más nada.

Así que nos fuimos de aquel albergue y empezamos a caminar, buscando algún rinconcito, algún lugar escondido donde nos pudiéramos recostar, donde nadie nos fuera a molestar ni a echar.

Afortunadamente, Jerusalén es una ciudad bastante segura. Finalmente llegamos a una zona verde, como un parque al lado de un castillo antiguo, y nos metimos por allá en un rincón. Con el frío que estaba haciendo…

Todo ese tiempo yo había estado cargando mi mochila enorme, donde tenía todo lo que me había traído para el viaje. En esa mochila tenía mi bolsa de dormir y bastante ropa. Solo teníamos una bolsa de dormir, pero bueno, ya nos reíamos del cansancio las tres. Estábamos muertas de la risa.

Sacamos la bolsa de dormir, la pusimos en el suelo, saqué toda mi ropa, y estas dos niñitas, todas flaquitas, se pusieron toda la ropa que pudieron encima para protegerse del frío. Y como pudimos, nos metimos las tres en esa bolsa de dormir. No hacíamos sino reírnos. Ellas hacían chistes y finalmente nos quedamos dormidas, así fueran dos horitas, hasta que empezó a salir el sol y nos levantamos para volver a la terminal de buses, donde pudieron tomar el bus de regreso a casa.

Y para mí, esta experiencia no solo fue una aventura para después contar. No solo fue una noche en la que nos reímos demasiado, sino que fue una epifanía.

Había dormido en la calle, en la calle, y no había pasado nada. Claro, habíamos aguantado un poquito de frío, pero uno siempre suele tener la actitud o la imaginación de que, al imaginarse una situación drástica que en su vida cotidiana jamás haría, piensa: uy no, me muero, me muero, no, ni riesgos, no podría, no sería capaz.

Pero miren, cuando tocó, no solamente fui capaz —fuimos capaces las tres—, sino que nos reímos y lo convertimos en una aventura. No terminó siendo para nada una experiencia traumática. Aprendimos demasiado.

También nos ayudó a darnos cuenta de que no necesariamente necesitamos a un hombre que nos salve. Después, el chico alemán no entendía por qué mis amigas estaban bravas con él. Y yo le tuve que decir: ven, ¿es que acaso nunca has sentido un sentido de protección hacia algo que te importa?

Lo más gracioso es que él se detuvo, se puso a pensarlo, y realmente lo pensó en serio. Finalmente, con total seriedad, respondió: ya… sí, mi comida.

O sea, cuando un hombre tiene la disposición de proteger y de ayudar, como esos dos chicos rusos hermosos o como el joven israelí, eso es una maravilla, es muy bonito y lo agradecemos muchísimo. Pero también somos capaces solas. Tres mujeres solas en la calle toda la noche. Uno siempre pensaría: uy no, ¿qué les va a pasar? No nos pasó nada. Estuvimos bien.

Esa experiencia dejó los cimientos para tantas lecciones que necesitaría aprender más adelante, cuando ya me vi en una situación realmente difícil y realmente tuve que lidiar sola por mucho tiempo, sin tener dónde quedarme y sin conocer a nadie.

Pero como ya había tenido esta experiencia, ya sabía que era capaz, ya sabía que podía. Había aprendido que no estamos hechos de azúcar. Un poquito de frío, un poquito de hambre, no te va a matar. Al contrario, cuando uno se ve forzado a descubrir su propia resiliencia, cuando no tiene de otra, uno se sorprende de lo fuerte que realmente puede ser.

A veces, lo que más necesita uno es que nadie le ayude, para darse cuenta de que es capaz solo. Y si uno nunca sale de su zona de confort, nunca lo descubre. Nunca se da cuenta de todo lo que es capaz.

Una de las preguntas más comunes que me hacen cuando ven que viajo por el mundo, muchas veces sola y con muy poco dinero, es: ¿no le da miedo? Pues no, ya no. Porque casi todas las cosas que a la gente le da miedo que le puedan pasar viajando, ya me han pasado: que me roben, que me quede sin dinero, que me pierda, que tenga algún problema y no tenga dónde dormir, que esté varada toda la noche sola.

Todo eso me ha pasado y lo he podido afrontar. Descubrí una fortaleza, una resiliencia dentro de mí, que no tenía la más mínima idea de que estaban allí. He descubierto que puede ser muy incómodo, muy jarto, y que en muchos casos nunca quiero volver a pasar por esas experiencias. Pero sé que puedo.

Y por eso puedo estar completamente tranquila, sabiendo que si lo pierdo todo y quedo sin nada y tengo que volver a empezar desde cero, lo puedo hacer. Puedo construir mucho más rápido y llegar mucho más lejos, porque ya he recorrido ese camino antes, ya me he levantado.

Por eso tantas veces las personas ricas declaran bancarrota, quedan sin nada y a los pocos años otra vez son ricas: porque ya han recorrido ese camino, ya saben cómo hacerlo, y cada vez es más fácil.

Y créeme, es mucho, mucho mejor descubrir esta fuerza, esta resiliencia, cuando no es obligación, cuando lo eliges, cuando no te toca descubrirlo por las malas.

Yo elegí quedarme con mis amigas esa noche. Y la verdad, la verdad, yo tenía suficiente dinero para pagar un hotel para las tres. Lo que pasa es que se me hubieran ido casi todos los ahorros y no quería gastar tanto; me hubiera quedado con muy poquito, y realmente no justificaba ese gasto. Pero si hubiera sido cuestión de vida o muerte, menos mal yo tenía una escapatoria.

Es muchísimo mejor descubrir esta resiliencia y esta fuerza cuando uno tiene escapatoria.

Así que te reto, te desafío: hazlo ya. Rétate a descubrir una resiliencia, una fuerza, cuando no necesitas hacerlo. Para que, Dios no quiera, si en algún momento llega la situación en la que sí lo necesites, ya puedas tener la tranquilidad de saber que puedes.

Desafíate a salir de tu zona de confort. Puedes empezar por algo sencillo, pero empieza a buscar qué cosas tú dirías: uy no, no sería capaz.

Si hay algo que tú ya sabes que serías capaz, pero que no lo quieres hacer, no hay problema, no lo tienes que hacer. Me refiero a cosas donde tú sientas: ni modo, de ninguna manera, no podría. No, no, no, eso no es para mí.

Busca algo así y busca la forma de hacerlo en un ambiente divertido, con amigos, donde te puedas reír y donde, en cualquier momento, si dices “uy, no”, puedas parar, tengas esa opción. Pero rétate, desafíate a llegar hasta el final.

Por ejemplo, si eres una persona que toda la vida ha estado acostumbrada al confort, a la misma cama, a la comodidad de lo conocido, desafíate a ir a un paseo con amigos donde tengas que acampar. Si nunca antes en la vida has acampado, si nunca antes has dormido en el piso, pruébalo.

O si, por ejemplo, le tienes miedo a las alturas —Dios no quiera que en algún momento te veas atrapado en un edificio en llamas y tengas que saltar por la ventana donde los bomberos tienen el trampolín para recibirte y salvar tu vida—, y nunca jamás has saltado de una altura antes, ese momento en el que tu vida está en riesgo es el peor momento para descubrir si eres capaz o no, para tener que hacer algo por primera vez.

Rétate a tirarte al agua, aunque sea desde una altura de dos metros, para que sepas que puedes.

No siempre vamos a poder controlar las situaciones en las que nos encontramos, pero sí podemos controlar nuestra reacción ante ellas, e ir desafiando y expandiendo nuestra zona de confort, así sea de a poquitos. Eso nos va fortaleciendo, porque no estamos hechos de azúcar, estamos hechos para vivir con valor.